En Europa hay docenas de «Puentes del Diablo». Parece que el maligno tenía una obsesión enfermiza con la ingeniería civil en la Edad Media. Pero el de Martorell tiene algo que me encanta y que lo distingue de los demás: no es solo una estructura bonita para la foto de Instagram; es la prueba física de que la picaresca catalana es más antigua que las piedras que lo sostienen.

La primera vez que te plantas allí, lo que te golpea no es la leyenda, sino el viento. El puente une dos orillas del Llobregat en un punto donde el río se encajona —el Congost—, y cruzarlo a pie da una perspectiva que no tienes desde la carretera. Miras hacia abajo y entiendes perfectamente por qué, hace siglos, cruzar esto en una barca o por un paso de madera podrido era jugarse el tipo.

La «autopista» romana y el arco que nadie mira

Antes de hablar del diablo, hay que darle crédito a quien lo merece. Si te fijas en los cimientos, verás unos sillares enormes, oscuros, que llevan ahí desde el año 10 a.C. Eso era la Vía Augusta, la AP-7 de la época, que conectaba Roma con Cádiz.

De hecho, mucha gente cruza el puente, se hace el selfie en el punto más alto y se da la vuelta. Error. Si cruzas hasta el lado de Castellbisbal, te encuentras con el Arco de Triunfo. No es tan famoso como el de Barcelona, pero es auténtico romano. Era la puerta de entrada al puente y servía para dejar claro quién mandaba allí. Es un milagro que siga en pie.

Lo que vemos hoy, esa forma de «lomo de asno» tan puntiaguda, es la reforma gótica de finales del siglo XIII (1283, para los puristas). Es una estructura pensada para sobrevivir a las bestiales riadas del Llobregat, dejando pasar el agua por los arcos laterales. Y funcionó… hasta que llegó el siglo XX.

Dinamita y reconstrucción

El puente aguantó siglos de agua, pero no aguantó la retirada republicana de enero de 1939. El arco central fue volado para frenar el avance de las tropas franquistas. Durante décadas, el puente estuvo «manco», hasta que en 1963 se reconstruyó fielmente piedra a piedra. Si te acercas mucho a la mampostería, a veces puedes jugar a adivinar qué piedras son las «viejas» y cuáles las «nuevas», aunque el tiempo ya las ha igualado bastante.

El contrato con letra pequeña

Pero seamos sinceros, lo que nos trae aquí es el folclore. La historia que se cuenta en Martorell es la de una velleta (una anciana) que cada día tenía que cruzar el río para buscar agua a la fuente. Un día, una riada se llevó el precario paso que usaba y la mujer se quedó aislada.

Fue entonces cuando apareció el «Caballero Negro». Le ofreció un trato irrechazable: te construyo un puente de piedra indestructible en una sola noche, pero a cambio me quedo con el alma del primero que lo cruce. La mujer aceptó, y el diablo se pasó la noche currando como un albañil, poniendo piedra sobre piedra a una velocidad infernal.

Al amanecer, el puente estaba listo. El diablo esperaba al otro lado, frotándose las manos, esperando a la anciana. Pero ella, que debía tener más calle que el propio demonio, sacó un gato de su cesto (algunos dicen que negro, otros que pardo) y lo azuzó para que cruzara corriendo.

El animal cruzó como un rayo. El diablo, atónito, vio cómo el contrato se cumplía: el primer ser vivo había cruzado. Se tuvo que llevar el alma del gato y desapareció entre nubes de azufre, dejando el puente allí plantado.

¿Por qué nos gusta tanto esta historia?

Esta leyenda ha sobrevivido porque nos encanta la idea del «pez pequeño comiéndose al grande». Es la victoria de la inteligencia mundana frente al poder sobrenatural.

Hoy, el Pont del Diable es un lugar tranquilo. Ya no pasan legiones, ni carros, ni demonios albañiles. Es un sitio perfecto para ir al atardecer, cuando la luz dorada pega en la piedra ocre y el arco se refleja en el agua. Si pasáis por Martorell, parad. Las vistas valen la pena y la historia se respira en el ambiente.

Eso sí, por si acaso la leyenda tiene algo de verdad y el diablo sigue esperando una revancha… mejor dejad que pase otro primero. Nunca se sabe.

Referencias destacadas (fuentes oficiales)